Refugiadas

La decisión de Maysun

Maysun solía abrir su farmacia temprano. Durante toda la mañana atendía a los pacientes. Volvía a casa a hacer la comida y regresaba al dispensario por la tarde. Ya por la noche ayudaba a sus hijos con los deberes. En sus ratos libres escribía poesía y hasta ganaba premios. Una felicidad cotidiana que saltó por los aires el día en que tuvo que elegir a cuál de sus hijos salvaba de la guerra.

Por la escalera que sube hasta su casa se cuela el reguetón de los vecinos. Nada tiene que ver este bloque de pisos de la periferia de Madrid con la casa en la que creció a las afueras de Damasco. Un hogar, recuerda, con olor a naranjos. "No me imagino morirme sin volver a Siria", dice. La memoria es el único puente entre Alcobendas y Sahnaya para esta refugiada que debe aprender, confiesa, "a vivir sin miedo".

"Escuchábamos los aviones y después las bombas. En esos segundos te da tiempo a pensar dónde van a caer, quién va a morir ahora. Son los peores momentos de tu vida", asegura esta refugiada de 46 años.

A 3.700 kilómetros de las explosiones y las balas, ahora es el sonido del teléfono el que presagia las malas noticias. Cada cierto tiempo la llamada de una familiar o un amigo le recuerda por qué abandonó su país. "Hace tres meses mataron al sobrino de mi marido. Un chico inteligente, bueno, que acababa de terminar un máster en Económicas. Lo fusilaron", cuenta. Otro día fue el hijo de una amiga. "Tenía solo 18 años", dice. Y su voz se quiebra. En Siria siguen atrapados sus padres y hasta que no estén a salvo no podrá ser feliz.

Los Andiwi son una estirpe de escritores, maestros y dibujantes. Una familia que cometió el pecado de querer ser libre en la Siria de Bachar al Asad. Quizás podían haber abandonado el país cuando los tambores de la guerra empezaron a sonar en Daraya, una ciudad bastión de los rebeldes a tan solo cinco kilómetros de su pueblo. Allí quien no muere en un bombardeo se muere de hambre por el asedio del régimen. Pero decidieron resistir.

"Primero asesinaron a mi hermano. El mismo día del cumpleaños de su hija. Jaltun vino a mi casa a buscar leña para hacer un fuego porque ya no había ni electricidad. Y ya no le volví a ver", cuenta. Un año después la policía siria empezó a preguntar por ella. "A mi farmacia venían musulmanes, cristianos, drusos", dice, en referencia a la minoría religiosa a la que pertenece su familia. "Llegaban mujeres, madres que no tenían dinero para comprar medicamentos para sus hijos. No puedes quedarte sin hacer nada. Yo sabía era que era peligroso, pero ¿qué iba a hacer?", explica. Lisiados, desangrados, traumatizados. Maysun recuerda las columnas humanas de cadáveres vivientes que durante meses llegaban desde Daraya. Hasta 120.000 personas en un solo día. "El lanzamisiles del Ejército estaba en el patio del colegio de mi hijo pequeño. En las aulas guardaban los arsenales. Era una locura", dice. Un día los insurgentes respondieron al fuego de los militares y mataron a 42 niños que jugaban en los alrededores de la escuela.

"Supe que me tenía que ir cuando la policía empezó a preguntar por mí en el vecindario. Esa es la señal de que te quieren meter en la cárcel", explica.

Durante 24 años no hubo un enfermo a quien Maysun dejara sin sus medicinas. Ni en plena guerra. Sobre todo en plena guerra. Mantuvo la farmacia abierta hasta el día que huyó. Mapa de Siria Cogió las maletas y tomó la decisión más difícil de su vida.

"La Embajada española en Líbano me facilitó el viajar pero me dijo que no podíamos viajar todos. Solo dos. Tuve que elegir a cuál de mis hijos llevarme conmigo. Escogí al mayor para protegerlo porque acababa de cumplir 18 años y le iban a llamar a filas", cuenta.

Matar o que lo matasen no era una opción. Maysun y Majed volaron juntos a España. Pasaron 10 meses en el Centro de Acogida de Refugiados de Alcobendas y luego se mudaron a un piso, el punto de partida necesario para rehacer una vida normal.

Cumplido un año, Maysun pudo solicitar la reunificación familiar para que Osama, su marido, y su hijo pequeño pudieran por fin salir de Siria. Hoy, Monaf está sentado a su lado. Dice que entendió la decisión de su madre: "No queríamos que mi hermano luchara contra nadie. Somos gente de paz".

Maysun le mira y suspira como si la acabaran de absolver de una culpa que, en realidad, solo ella tiene que perdonarse. El viaje no fue fácil. Padre e hijo no quieren recordarlo. A Osama lo detuvieron en la frontera entre Siria y Líbano. Monaf pudo cruzar pero se quedó solo y enfermo en un país extraño durante tres meses sin saber qué hacer. Al final todo salió bien. Los dos llegaron a España hace un año.

Osama habla poco. Le da vergüenza no saber suficiente español. Ahora está atrapado en la frontera del idioma. Todo en él es desarraigo. Lleva la pena del exilio en las arrugas que a sus 51 años le surcan el rostro. En un arranque de orgullo saca del aparador del salón una veintena de diplomas. Ingeniero hidráulico. Máster en Alemania en eficiencia energética. Coordinador de un curso sobre sostenibilidad en Japón. Veinticinco años de experiencia y talento guardados en un cajón a la espera de una oportunidad. "No es fácil empezar de cero", lamenta.

Salen adelante como pueden. Majed, el hijo mayor, trabaja como traductor, Maysun escribe artículos para una revista inglesa y reciben algo de ayuda del Ayuntamiento de Alcobendas y de la ONG Accem (Asociación Comisión Católica Española de Migración). Ellos, que siempre han ayudado a los demás, querrían valerse por sí mismos.

El día que huyó de Sahnaya, Maysun se llevó consigo un árbol de porcelana, muchas fotografías y los cuadros de Monaf, que ahora empapelan todas las paredes del salón. Pinta desde que aprendió a sostener un lápiz. Acaba de cumplir 17 años y es quien mejor se ha integrado en España. "No creo en las fronteras. Para mí solo hay un país y se llama mundo", dice con una mirada libre y llena de futuro.

Mientras prepara un té rojo con jengibre, sin que la escuche el resto de la familia, Maysun me confiesa que ha perdido la confianza en el futuro. "La guerra te cambia por dentro. Antes, creía que si estudiaba, si trabajaba, tendría una buena vida. Ahora…". Cuando me ofrece otra taza de té, llega Monaf.

-¿Quieres vivir más?, pregunta la madre.

-"¿¡Vivir?, ¡Será beber, bruta!", la riñe el pequeño. Ella le da un azote. Y ríen a carcajadas. Un instante de eso que llaman felicidad cotidiana.

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