La papaya más sobrasa jamás probada

Morena Herrera, activista salvadoreña para lograr la legalización del aborto, entre otras luchas, busca vías de escape para reponerse de la dura pelea contra la violencia estructural y patriarcal que sufren las mujeres defensoras. La pelea colectiva y los pequeños detalles aportan grandes dosis de sanación.

Mª Ángeles Fernández y J. Marcos / noviembre de 2017

Y entonces se acordó de aquella papaya. No sabe si era grande o pequeña, si estaba o no muy madura. Sólo recuerda que estaba riquísima, que sabía como ninguna otra. La rememora mientras toma un delicioso postre, guinda a una copiosa comida. Entonces, saciada y sin espacio para más sabores, recordó la papaya más rica que ha comido en su vida. Y, siendo salvadoreña, no serán pocas las veces que ha disfrutado del manjar.

Activista y defensora de los derechos humanos de El Salvador, Morena Herrera ha sido en muchas ocasiones criminalizada, atacada y vilipendiada por su defensa de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres de su país.

¿Has sentido miedo? La pregunta, durante una conversación sobre estrategias de defensa y autocuidado, parece obligada.

“He vivido con miedo en otras épocas de la vida”, contesta dejando entrever que se refiere a su tiempo como guerrillera en el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional. “Desde los Acuerdos de Paz, lo que por lo menos hemos conquistamos es el derecho a pelear por los cambios que queremos, sin miedo a que nos vayan a matar por lo que decimos. Sin embargo, en algunos momentos relacionados con la defensa de derechos sexuales y reproductivos he vuelto a sentir miedo”, reconoce antes de mencionar dos momentos muy concretos: “Algunos fundamentalistas y antiderechos llegaron a decir a la prensa que teníamos secuestrada a Beatriz en La Casa de Todas, que es la sede principal de La Colectiva”- y, segundo, cuando sufrieron una acusación brutal en el año 2015 de tráfico de órganos de fetos, una invención de grupos ultraconservadores que llevó su rostro a la portada de periódicos. “Decían que éramos parte de una red que comerciaba con órganos de fetos; y me sacaban a mí, con foto, en prensa, con titulares de primera plana, tres páginas…”, relata con cara de no entender aún nada de todo aquello, a pesar del tiempo.

Esta dura campaña la afectó incluso profesionalmente: una alumna de la universidad en la que da clases sobre género y desarrollo territorial, integrante además de la Comisión de Ética, se dedicó a vilipendiarla a través de las redes sociales. Herrera envió una carta al rector y a la Comisión. La respuesta oficial tardó ocho meses, pero significó mucho para ella: “Me sentí mínimamente restituida”. Una carta y una papaya pueden significar mucho.

Porque aquel fruto le sació. Pero sobre todo le calmó. Nunca antes una pieza de fruta había supuesto tanto en la vida de esta mujer.

“Iba por la calle, en Suchitoto, donde vivo, y en la acera de enfrente vi a una mujer con una niña que caminaban en dirección contraria. Había dado como unos pasos más cuando sentí que alguien venía caminando detrás de mí. Como resultado de otras vidas, tengo desarrollados muchos instintos de defensa y siento cuando viene alguien detrás; no necesito ojos detrás para percibir. Entonces me di la vuelta y era la niña que venía con una gran papaya, y me dijo: ‘Tome, aquí le manda mi mamá’. No me dijo nada más. Me dio una gran papaya. Y es la papaya más rica que he comido en la vida”, cuenta sentada mirando hacia la puerta del local, como estrategia innata de supervivencia.

Por aquellos días, corría 2013, Morena Herrera y sus compañeras de La Colectiva Feminista de El Salvador estaban sufriendo una campaña en contra por su ayuda y defensa a Beatriz. La joven había solicitado al Estado salvadoreño algo que no debería ser un privilegio: vivir. Enferma de lupus, estaba gestando un feto que no tenía cerebro. 81 días de sufrimiento y dolor tuvo que esperar para que la Justicia le diera la razón y así poder abortar sin cometer un delito penado con cárcel. Días en los que tuvo el apoyo y defensa incondicional de La Colectiva.

“Por una parte, me ayudó a quitarme el miedo y, por otra, aunque no me lo dijeron, ese gesto representaba un reconocimiento por la defensa de los derechos de la Beatriz”, continúa narrando Herrera, con el regusto de la papaya inspirándola cuatro años después de digerirla.

La violencia estructural y patriarcal que viven las mujeres, sean de donde sean, suele estar exponencialmente multiplicada en el caso de las defensoras de derechos humanos. Plantar cara al sistema, en lugar únicamente de sufrirlo, acarrea más violencia de la habitual, además del desgaste físico y emocional de una apuesta colectiva y comunitaria. A ello hay que sumar los trabajos de cuidados, porque aunque seas una luchadora frente al sistema, es casi imposible desprenderse de los roles asignados al nacer. En 2012, la IMD hizo un diagnóstico que demuestra las condiciones precarias en las que las defensoras ejercen su labor: un 56 por ciento de ellas dedica de cuatro a seis horas diarias a tareas domésticas y de cuido; un 60 por ciento realiza su labor de defensa de forma voluntaria; la mitad requiere de otros trabajos para obtener mayores ingresos; un 83 por ciento ha padecido alguna manifestación de estrés cotidiana.

Beatriz falleció el pasado mes de octubre -tuvo un accidente de moto que no pudo superar por su delicado estado de salud-, pero su caso sigue aún en trámite en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Y también sigue marcando las acciones de La Colectiva Feminista para lograr que se legalice el aborto en El Salvador en cuatro causales.

 

‘Tome, aquí le manda mi mamá’. No me dijo nada más. Me dio una gran papaya. Y es la papaya más rica que he comido en la vida”

Redes de protección
Morena Herrera rememora sus momentos más duros como activista durante su visita a Bilbao. Aunque ha venido una temporada a España para desconectar y descansar, en definitiva, para cuidarse, aprovecha para continuar con su labor de incidencia política y de sensibilización. Ha intervenido en las Juntas Generales de Bizkaia para pedir que se posicionen en favor de la despenalización del aborto en El Salvador. Su parlamento, lleno de argumentos, datos, nombres, referencias, historias de vida y muerte, reflexiones políticas e históricas, demuestra que su lucha está marcada por la defensa de los derechos humanos, aunque a veces se tenga que alejar para respirar, recargar energías y recordar lo bien que sabe la papaya.

“Vías de escape”, lo llama ella. Y habla de la importancia del apoyo internacional, de crear redes, de la labor de la Iniciativa Mesoamericana de Defensoras (IMD): “En momentos duros y difíciles saber que no estamos solas nos reconforta. Y luego también es eficaz y efectivo poder recurrir a algunos recursos”.

Habla de La Serena, un espacio que la IMD tiene desde 2014 en Oaxaca (México), “una casa para las defensoras de la región, para la recuperación de los niveles de estrés en los que nos movemos”. Según se explica en la web, el lugar de sirve para “la recuperación, la sanación, el descanso y la reflexión de defensoras de derechos humanos que atraviesan por situaciones de cansancio extremo, desgaste emocional o físico, crisis personales, duelos o pérdidas no resueltas u otras circunstancias que derivan del contexto de violencia y cultura patriarcal en el que desarrollan su trabajo y que obstaculizan su labor”.

A Morena Herrera no le ha tocado ir a La Serena, “porque hemos decidido que vayan otras que tienen menos vías de escape que yo, pero sí ha habido momentos de un desgaste brutal. No sólo por la desesperación de lo lentos que son a veces los procesos políticos, sino también por el temor de los casos concretos”. Y recuerda otro ejemplo, otro detalle marcado a fuego en su memoria y en su rostro, que angosta al relatarlo: cuando le tocó reconstruir el feminicidio de una niña de 11 años, asesinada a machetazos por un tío con el que vivía y que había abusado de ella de forma continuada. “Cuando regresamos, yo estaba rígida –hace el gesto para que no queden dudas-, no aguantaba el dolor de espalda, no podía hablar. Mi otra compañera empezó a llorar, a llorar y a llorar, y no podía dejar de llorar del impacto que había tenido en nosotras la reconstrucción de la historia de la muchacha. Yo le decía, ‘llora todo lo que puedas, que no yo puedo’. Las redes de defensoras son un recurso frente a esa situación. No sabemos si un siguiente caso puede estar a la vuelta a la esquina”.

Y esos lazos de defensoras y defensa grupal se tejen en La Colectiva, organización que fundó Herrera tras una escisión de La Dignas, de las que también fue creadora, lo que llaman ‘red de familias solidarias’: son mujeres que convencen a su familia de la importancia de acoger a otra mujer que está en riesgo por violencia, de pareja, sobre todo. Este apoyo inicial espontáneo y voluntario se ha sistematizado y cada quien aporta y colabora como puede, acogiendo, ofreciendo comida. “Son formas muy prácticas y muy concretas de respaldarnos. La existencia de todas esas redes son un mecanismo de defensa”, afirma.

La conversación dura lo que duran un postre y un café tras una comida en compañía, pero la historia de lucha, de defensa, de autocuidado individual y colectivo de Morena Herrera y de sus compañeras no tiene límites ni horarios. “Hay mucho apoyo, compresión, estamos pendientes de todas. Hay apoyo emocional y apoyo en pelea. Vamos y peleamos juntas. Eso es lo más importante”.

Vamos y peleamos juntas. Eso es lo más importante"
En momentos duros y difíciles saber que no estamos solas nos reconforta"

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