Lo que enseñan las calles y lo que sabe Mertxe

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Lo que enseñan las calles y lo que sabe Mertxe

Andrea Momoitio

La salud de 'Marta, la discreta', es tan frágil como su memoria. Recuerda retazos de su vida y duda de algunos de ellos, pero es sorprendente cómo hila algunos detalles y cómo no titubea al dar algunos nombres: “Había una mujer, Mertxe, que nos invitaba a bajar a un local que tenían en Bailén a charlas. Luego, nos daba condones que repartíamos entre las compañeras”.

Esa Mertxe es una mujer incansable y generosa, divertida y comprometida con la política en todas sus expresiones. Ella se acuerda de cómo y cuándo conoció a Marta porque era una de las compañeras prostitutas con las que más trabajó en las campañas de prevención de VIH, que se hicieron a finales de los 80 en San Francisco desde Comisión Antisida. La no-casa de Mertxe durante muchísimos años. Recuerda cómo, en pleno debate feminista sobre la prostitución, la falta de consenso político no impidió a un grupo de mujeres feministas empezar a trabajar en el barrio. “Teníamos suficientes elementos para intervenir”, recuerda. Menos mal que lo hicieron, claro, porque, aún hoy, el feminismo no ha logrado llegar a ningún acuerdo.  Mientras en entornos activistas se debatía sobre si la prostitución es o no es un trabajo, el VIH masacraba a una parte importante de la población de los barrios altos de Bilbao. Lesbianas, gais, prostitutas y personas consumidoras de drogas ilegales por vía intravenosa fueron los grupos más afectados por la discriminación, la marginalización y la criminalización de una enfermedad que tiene como principal síntoma el estigma. Constituyeron entonces, como parte de la Comisión Antisida, un grupo de trabajo específico para la intervención con las prostitutas del barrio.

-¿Cuál era el perfil de las prostitutas que ejercían entonces en el barrio?

Era una prostitución muy marginal sociológicamente hablando. La mayoría provenían de las olas de inmigración que se dieron entre los años 50 y 70. Las mujeres de América Latina y África Subsahariana vinieron después. El nivel cultural era muy, muy, muy bajo. Nosotras ni siquiera podíamos decir que éramos feministas, pero sí que sabían que la mayoría éramos lesbianas y se dio una complicidad que fue muy interesante entre nosotras.

-¿A qué os dedicabais exactamente?

Para nosotras lo más importante era el trabajo de concienciación y, para eso, hacíamos los talleres de los que te hablaba Marta. Eran talleres para formar a ‘Promotoras de salud’. Era una idea que venía de las experiencias que habíamos tenido algunas de nosotras en Centroamérica, de lo que habíamos aprendido de las comunidades: elegir a lideresas dentro de la propia colectividad, que tuvieran autoridad a la hora de transmitir los mensajes. Nosotras quisimos trasladar eso mecánicamente, pero, claro, luego lo tuvimos que transformar porque no había la cohesión que hay en las comunidades indígenas o rurales y, sobre todo, porque estábamos hablando de un colectivo de mucha competitividad entre ellas. Es verdad que en situaciones límites creaban redes de solidaridad entre ellas, pero costaba mucho. Por ejemplo, con el tema del uso del condón había muchas dificultades porque era más fácil negociar con el cliente un servicio sin preservativo que con con él. Ahí descubrimos que no se trataba sólo de que fueran prostitutas sino de que eran pobres, tremendamente pobres y tenían muy poco margen a la hora de la negociar con el riesgo que esto supone. El discurso oficial decía que eran las prostitutas las que estaban transmitiendo el VIH y no se hablaba de prácticas de riesgo sino de relaciones sexuales. Ese fue otro mito que nosotras tuvimos que romper tanto en la prensa como en las charlas o en los artículos que escribíamos. Fueron unos años de mucha intensidad y descubrimos muy pronto el discurso de la doble moral.

-¿Cómo era el trabajo en el día a día?

El trabajo de calle era fundamental para recoger demandas in situ de abusos sexuales, de malos tratos, demandas de desintoxicación… De repente te encontrabas una mujer que se estaba desangrando porque se había provocado un aborto y tenías que correr con ella al hospital. Todo el rato de apagafuegos. Para nosotras era muy importante  que ellas tuvieran un referente en la calle. Todos los días, de 20 a 23 de la noche, estábamos paseando por el barrio porque había cosas que requerían de la inmediatez.

-Marta recordaba un centro que había en la plaza de La Cantera donde les hacían revisiones ginecológicas.

Sí, yo creo que cuando nosotras empezamos a trabajar estaba todavía abierto. Luego ya eso desapareció.

-¿Era un servicio municipal?

Tenía algo que ver con Sanidad y el trabajo que se hacía era de control de ETS. Ellas estaban acostumbradas a las redadas de la policía, que se hacían desde la época franquista. Tenían un boletín, que les sellaban o no al hacer el control. Si tenían sífilis no les sellaban, se tenían que poner en tratamiento y les volvían a por el sello cuando estaban curadas. Había redadas constantemente. Ellas no tenían un compromiso, un aprendizaje y una costumbre de cuidarse sino que era un rollo represivo. La policía era una constante en sus vidas. Además, muchas creían que teniendo el sello daba igual que mantuvieran relaciones con o sin preservativo. Tuvimos que trabajar mucho para que entendieran que aunque te lleven los maderos semanalmente al médico eso no te libra del contagio. ¿Por qué le dábamos tanta importancia la cuestión de la salud? Porque entendíamos que, como en cualquier otro trabajo, hay que prevenir los riesgos. Creíamos que si ellas se asumian como trabajadoras iban a ser más responsables con su cuerpo, iban a ser más consciente de sus derechos con respecto al encargado del bar, con las horas que trabajaban…

-Marta contaba que ella era autónoma, que entraba a los clubs y cobraba por descorche de botella. Decía también que Las Cortes era la mejor calle para la prostitución de todo España.

Lo típico era que después de San Mamés, del partido, la gente viniese a cenar y tomar una copa por aquí. Sobre todo heterosexuales, matrimonios que se diría, que iban y veían a los espectáculos de travestis. Era una calle divertida. Había música, mucha horterada, pero mucha, mucha. Pero sí que es verdad que era parte del ocio de esta ciudad. Es curioso con qué naturalidad se han visto algunas cuestiones que han pasado en la calle. Recuerdo el respeto con el que se trataba a las travestis que actuaban y no era sólo en el espectáculo sino que estaban integradas totalmente en el barrio. En el 77, más o menos, conocimos al primer chico que fue a hacerse el cambio de sexo a Casablanca.

-¿Cómo fue?

Pues una chapuza… En general el tema de la hormonación era una auténtica chapuza. Aquí me acuerdo de una travesti brasileña, que estaba todo el día con una chuta metiéndose silicona. Cobraba una barbaridad y no lo inyectaba encapsulado, lo tienen directo. Nos encontramos con un grupo bastante interesante de personas mayores tanto hombres como mujeres, lesbianas, homosexuales, transexuales…, que venían de la época franquista y se habían refugiado en Cortes. La mayoría no había trabajado en prostitución sino que simplemente tenían el bar para buscarse la vida. El tema del descorche no implicaba irte a la cama, ni hacer una felación ni cosa parecida, simplemente es beber y hablar. Ahí fuimos engarzando cómo efectivamente el sistema, por una parte, te margina, te excluye y te discrimina, pero los colectivos y las humanas buscamos las herramientas y los rincones donde buscar complicidad y comunicación.

-¿Cómo era la vida para las personas trans en el barrio?

La verdad es que fue difícil, muy difícil. Lo más difícil es aceptarte como tal y no crearte fantasías, en el peor de los sentidos. Teníamos dos compañeros en concreto que se embarazaban cada tres días. Había uno, al que yo quería muchísimo, pero que era un desastre total. Era chiquitín, como yo y estaba enrollado con una travesti enorme. No había manera de que entendiera que si tenían relaciones con penetración, como las tenían, pues que él se iba a quedar embarazada. Pero estaban totalmente integradísimos, todo el mundo les llamaba por el nombre que hubiesen elegido.

-¿Qué sabes de las palanganeras?

La mayoría eran hombres gais. Lo de las palanganeras tiene que ver con el contexto económico y urbanístico del barrio. Las cosas como son: ha mejorado la cosa, pero hasta hace poco se vivía en infraviviendas, en chabolismo encubierto. Ya no es que no hubiera duchas en las casas, que no había, es que ni siquiera en los sitios donde ellas se ocupaban había espacios para limpiarse. Ellas no hablaban de trabajar sino de ocuparse. No había un bidé, que es lo mínimo cuando estás trabajando en prostitución. Había una palangana. Las palanganeras eran las que calentaban el agua y se lo daban en una palangana a la compañera para que se lavara entre cliente y cliente.

-Todo esto, en Las Cortes. San Francisco está a 50 metros, ¿tanta diferencia había?

Sí, sobre todo con el tráfico de drogas ilegales. Eso distorsionó totalmente el barrio porque con cada una iba a buscarse la vida. Vivimos situaciones tremendas. Me acuerdo de una chavalita, le dio una sobredosis y justo vino la ambulancia cuando estaba intentando reanimarla.  Apareció un compañero, le quitó la jeringuilla y se la metió él.

(Esta entrevista se realizó en la redacción de Pikara Magazine con público, que intervino en varios ocasiones)

-¿Cuál era vuestra relación con otras asociaciones del barrio?

Había de todo. Askabide, por ejemplo, nace de la iglesia, de las oblatas, con las que yo tengo buena relación a día de hoy. Ellas empezaron antes a trabajar con prostitutas tres años antes que nosotras. El trabajo era distinto: Nosotras les ofrecíamos preservativos y desde Askabide se les ofrecía opciones para salir de la prostitución. Nosotras no es que quisiéramos que en esas condiciones siguieran trabajando, pero, desde luego, no íbamos a redimir a nadie. Tuvimos también mucho debate con el tema de las drogas. En aquella época, pocas asociaciones defendíamos la opción de la metadona.

-Hubo problemas con una asociación, ‘La independiente’, cuando se quiso abrir un centro en Zamakola para repartir metadona. Intentaban reventar cualquier instalación en ese sentido.

Antes de lo de Zamakola, que entonces hicieron hasta manifestaciones, ya tuvimos problemas. Desde la parroquia nos contaron que varios energúmenos les amenazaron por tratar de abrir un centro de acogida de inmigrantes. Fueron a la parroquia a decirles que si abrían ese centro, lo quemarían con ellos dentro. Hacíamos rondas para estar con el cura en la misa. Tía, no me jodas.., pero es que si no les iban a linchar.

-¿Quiénes eran los y las integrantes de esa asociación? ¿Gente del barrio?

Sí y muy beligerantes. Pegaron a inmigrantes, a toxicómanos, nos tumbaron a gente de las asociaciones… A un compañero le tuvimos que llevar al hospital con dos costillas rotas. No era una cosa baladí, fue grave porque se aliaron con familiares de aquí del barrio, de chicos y chicas enganchados o que habían muerto con sobredosis… Entonces, la culpa de que hubiera heroína en este puto planeta la teníamos la que dábamos las jeringuillas. Nos sentamos a hablar con ellos, pero no había manera. Aquello fue explosivo porque tenían un discurso muy populista e, incluso, achacaban el problema a HB, diciendo que se habían dejado comer el coco porque antes habían estado a palos con los camellos.

-Ese tejido que dices que se rompe en el barrio cuando llega la  droga, ¿se ha recuperado?

A duras penas. Creo que hay colectivos que están haciendo un esfuerzo ingente. Articular este barrio es un reto y yo creo que se hacen cosas muy majas, pero no se termina de conseguir, es difícil.

-¿Cómo vives tú este proceso de gentrificación que parece que se está dando?

Ha habido un cambio poblacional, sí, pero luego hay cosas que no pueden controlar. Este barrio está en el corazón de Bilbo, es como un grano en la nariz y les jode mogollón. No creo que tuvieran previsto que viviese aquí tanta gente inmigrante. No lo tienen controlado para nada y les ha desbordado. Encima, conseguimos que en el barrio haya armonía y que el tema de la interculturalidad funcione, que en eso estamos. Les ha salido fatal, de lo cual nos alegramos.

Las partidas gordas de Europa que vinieron primero fueron a Bilboarte y al Museo de Reproducciones, al mamotreto cubierto de la plaza... Tuvimos mucha discusión y confrontación en la coordinadora porque había gente que sí que veía que eso podía ser motivador de rehabilitación, pero, vamos a ver. Montan Bilboarte por si viene Chillida a dar un taller, pero, ¿cómo creen que nuestros niños van a ser escultores? ¿Por ciencia infusa? Lo que necesitamos no es que que venga Chillida, ni Oteiza.

-¿En qué espacios del barrio confluye toda la diversidad? ¿Hay alguno?

En el Berebar, en el Urkiola, Florines, igual en Bilbi...

-¿Y el mercadillo de 2 de mayo?

De mitad de la calle para arriba hay un tipo de gente y para bajo, otro. Volvemos al ellos y al nosotros.

(Interviene otra persona del público)

-¿La coordinadora es un espacio de convivencia?

Yo creo que sí. En la militancia, en cualquier militancia, una de las cosas más difíciles es lo de trabajar en los barrios. Porque es una cosa que va lenta no, lo siguiente. El cambio es muy lento a nivel cultural, a nivel de actitudes. Milité durante años en barrio y luego he tenido múltiples militancias y puedo decir que la más dura es esa. Hay que ser muy constante, te da pocas alegrías, no siempre estás con gente con la que estás de acuerdo...

-Tú, que tan bien conoces el barrio, ¿cómo lo definirías en pocas palabras? En un tuit.

Buf, soy muy mala para esto, pero a mí me encanta este barrio. No podría vivir en otro sitio, con lo que tiene de bueno y con lo que tiene de malo, como todo en la vida. Me gusta la gente que hace vida en la calle.

-A mí también.