La lucha por rehacer la vida familiar en Murcia

Aladine, Tarek, Osama… Tienen varias cosas en común. Son refugiados residentes en España que vienen de Siria, un país en guerra desde hace cinco años y en el que la situación para sus habitantes es insostenible. Los tres han llegado a España tras un viaje lleno de peligros y se enfrentan a nuevos retos, como reconstruir sus vidas en un país con otro idioma, otras costumbres, con 4,1 millones de personas en paro, pero a 3.700 kilómetros de la inseguridad y posiblemente la muerte. Tarek, contable, 34 años, escapó de Damasco (Siria) junto a su mujer, también contable, de 32 años, además de con su hijo de tres años, sus suegros y dos hermanos de su esposa. Los siete dejaron Siria en 2013 para trasladarse a Argelia, donde permanecieron dos años, hasta que decidieron entrar en la Unión Europea a través de España. Hablamos con Tarek por teléfono, en inglés, porque aunque entiende el castellano y obtuvo un 9,25 sobre 10 en su último examen de español, no se lanza a hablarlo. Esta familia solicitó el asilo el mismo día que entró a Melilla, en octubre de 2015. Les hicieron la entrevista personal previa a admitir su solicitud una semana después. Permanecieron un mes en el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) de Melilla, un centro dependiente del Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales con capacidad para 512 personas. “Estuvimos muy mal, había 2.000 personas. Estaba sucio y dormimos tres días en el suelo en una tienda de campaña. Comíamos tres veces al día, pero no había médico”, recuerda Tarek en un relato que incita al llanto de quien le escucha por las penalidades narradas, pero que él pronuncia con la entereza de quien quiere dejar atrás el dolor y los malos momentos. Tras otro periplo por España, acabaron en Murcia, donde reciben ayuda de una ONG española con el alquiler de un piso para los siete, manutención, ropa previa petición, clases de español y una pequeña ayuda para sus gastos. Han pasado a la segunda fase del procedimiento de asilo, en la que tienen autorización para buscar trabajo y recibir las ayudas que contempla el sistema durante seis meses que se añaden a los seis meses de la primera fase. Cuando pase un año y mientras esperan la resolución de sus peticiones de asilo, entrarán en una fase de autonomía, en la que tendrán que salir adelante por su cuenta.

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