De profesión, exiliadas militantes a tiempo completo

Una actividad en La Serena. / Foto: IM-Defensoras
La Serena: una casa para recuperar el gozo
28 noviembre, 2018

De profesión, exiliadas militantes a tiempo completo

 

La amenaza de ser detenidas si regresan a Nicaragua ha obligado a las activistas nicaragüenses Jessica Cisneros, Yerling Aguilera y Celia Navarro a instalarse indefinidamente en Madrid, las dos primeras como solicitantes de asilo. En este diálogo repasan las nuevas formas que ha adoptado la represión por parte del Gobierno de Daniel Ortega y los avances en la construcción de una alternativa política.

June Fernández

Jessica Cisneros (izq.) y Yerling Aguilera. / Foto: David Fernández para El Salto

Yerling Aguilera y Jessica Cisneros son dos de las portavoces de la Caravana de Solidaridad Internacional con Nicaragua en España. Vinieron con una maletita pequeña y con un boleto de ida y vuelta que cambiaron varias veces hasta que, en julio, la aprobación de una ley antiterrorista y la detención de dos activistas destacados la líder del mercado oriental, Irlanda Jerez, y el líder campesino Merardo Mairenales llevó a instalarse en Madrid como solicitantes de asilo político.

Para hacer esta entrevista, ha costado encontrar un hueco libre en sus agendas, copadas de conversatorios y reuniones de incidencia. “Es la vida de la exiliada militante”, bromea Yerling. Han recibido mucho apoyo y afecto, sobre todo de las feministas y de los grupos de solidaridad #SOSNicaragua, empujados por inmigrantes nicas, pero también agresiones y difamaciones de estar financiadas por la agencia de la CIA para preparar un golpe de Estado, falsas acusaciones que las exponen a ser detenidas si vuelven a Nicaragua.

“Contradicción permanente” es la expresión que más pronuncia Celia Navarro [nombre ficticio, leer despiece] para describir su situación actual. Ha vuelto a Madrid, su ciudad natal, después de 27 años viviendo en Nicaragua y 24 integrada en una de las organizaciones feministas más emblemáticas y activas del país. Llegó en julio, con su compañera sentimental, para visitar a la familia y descansar después de tres meses de protestas en las que ha estado en primera línea. El miedo a ser detenida al pisar el aeropuerto de Managua le llevó a posponer indefinidamente su regreso. “Me siento privilegiada, yo acá estoy segura, con mi familia, aprovechando para cuidar a mi madre. Hemos hecho énfasis en la importancia del autocuido y en mi ciudad tengo mucha exposición pública. Por otro lado, siento que mi sitio está en Nicaragua. A cada rato me pregunto dónde soy más útil. Se siente feo”, explica.

En realidad, la impotencia es el sentimiento predominante tanto en la diáspora como en Nicaragua, donde hace meses que no se celebran apenas protestas y donde la actividad de las organizaciones sociales se ha visto muy menguada por la crisis. “Mis compañeras me dicen que acá tengo la voz que allí ya no tienen”, señala.  

Las tres tienen en común la zozobra de no saber cuándo van a poder regresar y la necesidad de volcarse en el activismo para sentirse útiles mientras su gente sigue expuesta a la represión y lidiando con el pesimismo. “Entre mayo y julio sentimos que solo faltaba un empujoncito [para un cambio político], pero ahora vemos instalada una situación que va a costar más revertir”, lamenta Celia.

Bloque de exiliadas y amigas de Nicaragua en la manifestación del pasado 25 de noviembre en Madrid.

¿Qué podemos hacer las feministas más allá del apoyo político y moral?

- Denunciar la situación de las presas y presos políticos. “Hay familias que no tienen cómo comprar un paquete de comida para llevar a sus parientes presos”, dice Yerling, que aboga por crear brigadas internacionales como en los 70 y 80 que den apoyo a necesidades inmediatas. - Hacer incidencia desde las instituciones. Valoran mucho que algunos ayuntamientos hayan emitido pronunciamientos de condena al Gobierno de Ortega y Murillo. - Seguir hablando de Nicaragua en los medios y en todo tipo de espacios. “Por esa idea de que cuando deja de haber muertos deja de ser noticia, es muy importante mantener viva la situación. Da aliento”, destaca Celia. Dar a conocer los grupos SOS Nicaragua para que se sumen más voces de inmigrantes y amigas de Nicaragua, y así fortalecer las redes de apoyo. “Es dar otro rostro a la lucha, de la que también son parte las personas que llevan muchos años acá”, señala Jessica.

¿Se imaginaban el nivel de difamación y señalamiento que están enfrentando tanto en Nicaragua como en Europa?

Yerling: Sí, yo vengo del Frente Sandinista y sé cómo opera. Sabía que iban a tratar de reducir la lucha a personas o grupos específicos para descabezar el movimiento deslegitimando esas voces.

Jessica: Hemos recibido amenazas de agresión y violación, y mensajes privados avisándonos del recibimiento violento que iban a darnos si volvíamos. Hemos sufrido ataques verbales en Suecia, en Francia, luego en España. Si no hubiera sido por la gente que nos apoyó, pudieron haber pasado a violencia física. Vimos cómo gradualmente estos grupos tomaban el mismo discurso, las mismas estrategias de criminalización, y que tenían un recargo sobre nuestros compañeros y familias en Nicaragua.

Celia: A mí me ha sorprendido el nivel de virulencia aquí y en otros países de Europa. Sabía que había sectores de la izquierda que mantienen esa idea del Frente, pero actuar así ante personas que te están contando su experiencia... En el feminismo han sido muy poquitas pero han metido mucho ruido.

Yerling: A mí lo que me ha sorprendido es ese lastre colonialista que les lleva a anularnos como sujeto político crítico y a vernos como un sujeto manipulado, cooptado por el Imperio o la derecha. Esa operación maniqueista de que si estamos contra Daniel Ortega [presidente de Nicaragua] somos agentes directos del imperialismo supone negar nuestra agencia y nuestra capacidad de construir un proyecto político propio que pueda cuestionar o tensionar los de los llamados gobiernos progresistas.

En el imaginario de la izquierda se les puede asimilar fácilmente con los opositores venezolanos o cubanos.

Celia: Sí, esa idea tiene mucho peso.

Yerling: Es una analogía perezosa que no reconoce la evolución y las particularidades históricas de cada país y que muestra un pasmoso desconocimiento sobre la realidad política nicaragüense, sobre los pactos y amarres del Gobierno de Daniel Ortega con las oligarquías nacionales y los capitales transnacionales. El Gobierno de los Estados Unidos no ve a Ortega como un enemigo porque ha sido garante de sus políticas económicas y migratorias. Ortega emprendió una campaña feroz contra los migrantes que llegaban a Nicaragua desde el Sur. Un caso emblemático fue el de Nilamar Alemán Mora, una profesora de Rivas que ayudó a una muchacha africana a pasar y se la criminalizó como tratante de personas.

Celia: Todo eso la gente no lo sabe porque nadie informa. Aquí hay mucha gente de más de 50 años cuyo vínculo con Nicaragua es un recuerdo de juventud de la época de la Revolución. La izquierda ha encajado tantas derrotas que no quiere ver la realidad por no enfrentar otra frustración. Pero es una posición cómoda y cobarde. Yo fui a Nicaragua en 1989 con una brigada feminista, con mucha emoción y enamoramiento. Volví en el 1991, la Revolución se había perdido pero el movimiento feminista se recompuso y vio la oportunidad de luchar por su autonomía y colocar su propia agenda. Viví todo lo que ocurrió en los 90 y el proceso de muchas compañeras de romper con el Frente. La gente que ha estado lejos no ha hecho esa ruptura y sigue enganchada a una idea romántica de la que no se quiere desprender. Hay quien nos escucha con mucho dolor, pero lo asume, y otros prefieren negarlo. Y a mí eso me genera mucha rabia. Es un terreno perdido, no quieren escuchar y es una minoría que no merece la pena. Es importante que la gente entienda que aunque el Gobierno tenga esas siglas de Frente Sandinista, no tiene nada de progresista.

Ortega y la vicepresidenta Murillo saludaron la victoria de Jair Bolsonaro en Brasil...

Celia: Y han apoyado a los gobiernos de Honduras. Han manejado un doble discurso y unas políticas completamente contradictorias, pero se les sigue colocando entre los gobiernos progresistas porque han sido hábiles.

Yerling: Los que venimos del Frente sabemos lo difícil que es asumir que un proyecto político que surgió al calor de un movimiento de masas y que es la última revolución triunfante de América Latina puede derivar en la consolidación de un estado fascista. Implica despedir esas utopías que fueron nuestras guías éticas y políticas. Yo me desvinculé hace como seis años y fue un duelo, como la pérdida de un familiar. Recuerdo muy claramente el momento: acompañé una marcha campesina en la cual el Gobierno desplegó un grupo de motorizados armados de bates para agredirnos, con la complicidad de la Policía. Miré cómo a una persona le desgajaron el brazo. Después que llegué a la casa me puse a llorar, mi ilusión por el Frente ya no estaba.

¿Cuánto ha crecido desde abril la presencia de esos grupos parapoliciales?

Jessica: Se han fortalecido terriblemente. Legalmente no están constituidos, pero son encubiertos por la Policía, son armados y se les reconoce como un sujeto que cuida a los ciudadanos. Daniel Ortega está vendiendo un discurso de normalidad, pero ahorita lo que hay es una cacería selectiva y directa que para mí es más fuerte que la represión en las calles, que era sanguinaria pero visible y salía en los medios internacionales. Ahora hay un silencio que les ha permitido a estos grupos reconcentrarse, armarse y poder sitiar la capital y los bastiones de la resistencia. En las últimas semanas han circulado rumores de que se está entrenando a estos grupos como para una guerra militar. Daniel Ortega está apostando a una guerra civil armada porque es donde mejor puede mover sus piezas; sabe cómo moverse en un ejército y tiene artillería pesada. En cambio, la población no está preparada y no lo quiere porque la guerra está reciente, nuestros padres todavía lo sienten, no es algo que queramos repetir.

Celia: Es verdad que hay paramilitares en las calles todo el día, ya no solo por la noche. Se vive en un estado de sitio a partir de las seis de la tarde pero ahora se están llevando a los chavalos a la luz del día. Te llega mucha información alertando de redadas, ¿pero es una amenaza real o una estrategia para que la gente esté aterrorizada y no salga de sus casas?

¿Cómo ha afectado a la Revolución de Abril el exilio de figuras emblemáticas como doña Francisca Ramírez o Mónica Baltodano?

Yerling: Precisamente las personas que estamos en la diáspora tenemos una oportunidad histórica de encaminar un proyecto político que vaya más allá del eslogan, del “Que se vayan”. Supone cuestionar todas las estructuras: el nepotismo, la plutocracia, la visión legalizada de la corrupción.

Celia: Es difícil lograr un cambio sin que este gobierno salga, y lo difícil es que salga. La presión externa es muy importante pero que lo que podía provocar el cambio era la movilización interna, que ahora está muy debilitada por ese terror que está implantado. Claro que una insurrección popular era una gran esperanza, llevábamos muchos años pensando que esto no tenía salida por ningún lado, que habían cerrado toda posibilidad de cambio. La gente salió a la calle porque con los muertos se tocó algo muy sagrado, se vio cómo estaban acabando con la juventud del país. Ahora hay que encontrar unas vías que no sean la calle. Construir una unidad amplia entre grupos que no somos tan afines y unas mínimas condiciones democráticas para poder dar esa pelea política.

Jessica: A pesar de que ahorita hay una nula movilización por la represión, el movimiento de mujeres sigue dando la lucha y buscando nuevas vías para denunciar lo que está pasando. Se ha logrado un mayor reconocimiento social, incluso internacional, del liderazgo de las comunidades campesinas y afrodescendientes.

Yerling: Este momento puede ser aprovechado para una acumulación de fuerzas en silencio, que es lo que hizo el Frente en 1974 [para gestar la Revolución de 1979]. Formar núcleos de estudio, de reflexión, apostar a la construcción de un proyecto político a futuro, de una narración en la que confluyamos los sujetos marginados de los grandes relatos de los partidos políticos. Es el momento de fijar esos mínimos para un espacio de confluencia: que se vaya Ortega, que no se reinstale un proyecto de mercado, extractivista, donde sean las élites quienes tomen las decisiones, como ha intentado la empresa privada en la mesa de diálogo.

¿Qué balance hacen de la incidencia política que ha hecho la Caravana de Solidaridad Internacional con Nicaragua?

Yerling: Se han logrado articular algunas alianzas principalmente con movimientos sociales, que son nuestros aliados naturales porque la Caravana forma parte de la Articulación de Movimientos Sociales y Organizaciones de la Sociedad Civil de Nicaragua. Están dando una lucha bastante amplia para desmitificar al Gobierno de Daniel Ortega. Valoro positivamente el acercamiento con la clase migrante trabajadora, que hasta ahora ha sido vista como una unidad económica, como un flujo que dinamiza el Producto Interior Bruto, pero no como un sujeto político que puede aportar en este relato.

Celia: Estoy de acuerdo en que ha sido una oportunidad para que los emigrantes nicaragüenses se unan, se reconozcan, se fortalezcan y tengan una voz. Es gente que ha estado sosteniendo a sus familias y a la economía de su país, y que ahora está sosteniendo la lucha, apoyando a quienes están saliendo y a quienes siguen dentro.

Percibo que la reticencia de algunos partidos y organizaciones a apoyaros se debe a que no os ven capaces de lograr un cambio que no sea la vuelta de la derecha tutelada por los Estados Unidos.

Celia: ¿Qué derecha? Por ese temor están dando espacio a  la derecha, como en España, donde son los diputados del PP los que hablan de la represión en Nicaragua. No logran entender que Daniel Ortega es ultraconservador en la política social y neoliberal en la política económica como el que más. Estados Unidos estará buscando la parte que más le convenga, pero no ha estado detrás de las movilizaciones. Claro que quisiéramos un cambio radical hacia una sociedad justa. Pero yo lo que quiero es vivir en un país donde pueda pelear por eso sin arriesgarme a que me maten, me metan presa, me torturen.

Yerling: Esa sospecha viene marcada por lo ocurrido después de experiencias de levantamiento como la Primavera Árabe o la de Ucrania. Debemos estar en un estado constante de alerta de qué viene después y cuáles son las estrategias de los que vienen después. La movilización no debería terminar cuando salga Ortega, deberíamos seguir en la calle como una voz incómoda que diga al que venga después: “Aquí te desviaste, traicionaste los objetivos de la movilización”. No debemos romantizar pensando que a todo levantamiento le sigue un cambio, porque no siempre lo hay. Las élites económicas tratarán de instrumentalizar esta movilización.

Celia: Pero no te lo pueden poner como condición. “Si me garantizan que va a venir un gobierno progresista, entonces sí les apoyo; si va a volver la derecha mejor me quedo en mi casa”. ¿Cómo le dices eso a un pueblo que está luchando por su vida? Apóyame para que esta posición que yo represento sea más fuerte cuando llegue el momento de poder construir un proyecto político, pero no me pidas que garantice eso ahora.

Jessica: Me frustró la frialdad de las personas porque estás hablando de derechos humanos y de vida. Hablan desde su comodidad, desde su zona de confort, desde su postalita de los años 80. Entiendo que no había información fluida sobre lo que venía pasando en Nicaragua y que te caiga esta explosión el 18 de abril puede resultar confuso. Pero después de estos seis meses, con todos los informes y testimonios que han circulado, ya hay que repensar si su posición es racional y de izquierda.

También hay emigrantes nicaragüenses organizando actos de apoyo al FSLN.

Jessica: Son gente que salieron de Nicaragua hace muchos años y no conocen la coyuntura actual ni lo que veníamos viendo. Me resulta contradictorio, porque si estabas tan bien, si el Gobierno te da unas condiciones de bienestar, ¿qué te hizo migrar?

Celia: Es siempre la misma gente, acuerpada por la Embajada de Nicaragua por algunos colectivos de izquierda. Te toca las narices que la Coordinadora Antifascista de Madrid esté defendiendo a un Gobierno fascista. Hubo muchos nicas migrantes que fueron a denunciar las mentiras, los corrieron pero hicieron presencia. Y claro que dentro y fuera de Nicaragua hay gente que está con el Gobierno. Como en todos los fascismos, una buena parte de la represión se está ejerciendo por gente de clases populares que está delatando, haciendo listas en las comunidades.

Otro cuestionamiento es que las y los opositores sois personas acomodadas.

Celia: Burguesitos, culos rosados… [Risas] Mira la gente que está en las cárceles, mira los muchachos muertos, de qué familias son. Mira las marchas multitudinarias; las cuentas no dan, ¡no hay tanto burgués en Nicaragua!

Jessica: La gente que sostenía las movilizaciones y los tranques eran de los barrios más pobres. Se evidenció que las élites no participaron.

Yerling: Yo quiero retomar lo de la falta de humanidad de la izquierda. Con Siria ha ocurrido lo mismo. Ha llegado gente huyendo de la guerra, gente amenazada, criminalizada… Para esa izquierda que mantiene una visión campista, los derechos humanos pasan a un segundo plano e interesa más la ecuación geopolítica, la idea de mantener ese alineamiento que supuestamente hace de contrapoder a Estados Unidos.

¿Qué redes de apoyo mutuo hay en España y cómo se está articulando con los movimientos sociales?

Celia: En muchas de las ciudades hay grupos #SOSNicaragua, mayoritariamente formados por nicas, que están recaudando fondos para el apoyo material, antes para enviar a Nicaragua y ahora para apoyar a muchos estudiantes jóvenes que están llegando sin ningún tipo de soporte. Hay un intento de articulación entre feministas de Barcelona, Zaragoza, Pamplona o Galicia, pero está empezando. Hace falta que los movimientos sociales se mojen más, porque por ahora la mayoría de gente movilizada son nicas o gente muy unida a Nicaragua.

Yerling: Los movimientos feministas han sido los que han respondido de una forma más beligerante…

Celia: En la parte más política sí, pero el sostenimiento cotidiano lo realizan las comunidades de migrantes.

¿La gente que llega está solicitando asilo? ¿Tienen que demostrar persecución política directa?

Yerling: Hay gente que como vino de inmediato no tiene un documento de respaldo que demuestre que están en estado de persecución, y te lo piden. Esa burocracia genera ruido.

Celia: Claro, es que es una cosa global, no es que te hayan amenazado a vos con tu nombre. También hay gente que tiene desconfianza con el asunto del asilo, porque no te resuelve de forma inmediata y sin embargo te impone limitaciones: no podés trabajar, se quedan con tu pasaporte y no te podés mover… Si sos migrante y te empadronas, podés pedir tu tarjeta sanitaria; si estás en proceso de solicitar asilo, no. Es absurdo. Como el proceso es tan largo, todavía a ninguna persona le han dado el estatuto de refugiado ni se lo han negado. No se sabe lo que va a pasar.

Yerling: Conocí en Alemania a un chico que solicitó asilo, se lo denegaron y le dijeron que tenía tantos días para salir de la Unión Europea. Si esos casos se dan, la gente va a preferir quedarse aquí irregular.

Jessica: Por lo visto, mientras no haya un estado de emergencia declarado internacionalmente es complejo que se vaya a dar prioridad a estas solicitudes. Y la campaña mediática de normalización del Gobierno puede hacer que los Gobiernos que están acogiendo a nicaragüenses caigan en esa trampa. Por eso muchas personas tienen temor a dar información y no saber qué les va a ocurrir.

Decía Celia que en esta lucha valoran mucho el autocuido. ¿Cómo se están cuidando?

Yerling: Hay una red de unas compañeras psicólogas en el Estado español y ciudades de Europa que están dando atención sobre todo por Skype, a gente que está en Nicaragua y a exiliadas y exiliados. Son pocas y la demanda es muy amplia, pero se está teniendo en cuenta el estado emocional de cada una de nosotras.

Jessica: Esas redes están haciendo un esfuerzo infinito, pero la dificultad viene de cada una de nosotras, que sentimos que tenemos que estar en la militancia y en el activismo 24 horas siete días de la semana porque si no estamos traicionando a nuestro compañeros que están en resistencia allá. A veces necesito darme un espacio pero esa contradicción de que yo estoy bien mientras allá lo pasan mal me impide autocuidarme.

Celia: La protección y el autocuidado son ejes fundamentales de la Articulación Feminista y de la Iniciativa Mesoamericana de Defensoras de Derechos Humanos. Hemos aprendido mucho sobre el manejo seguro de redes y de los teléfonos. Hay gente que se está formando para trabajar luego con otra gente, porque hay mucho dolor, se han reabierto los duelos de la guerra, hay otra vez división en las familias y en las comunidades… En este momento de tanta brutalidad, a veces el autocuido ha sido poder ir a las marchas a gritar. Hubo un debate entre feministas sobre si íbamos a las protestas en las iglesias. Varias compañeras dijeron: “Yo necesito ir a algún sitio a estar con otra gente y gritar, y si la iglesia es el sitio seguro, pues voy”. Son prácticas de autocuido que nunca hubiéramos imaginado [Risas]. Se están repitiendo tantas cosas de 1979 que parece que estamos en el mismo ciclo, pero hay un salto adelante: esta es una lucha no violenta. Eso muestra que se ha cambiado algo en la cultura política del país, que ya no hay que hacer un activismo heroico. Haber instalado ese cambio en el “Patria libre o morir” para decir “Patria libre para vivir” tiene mucho significado.

La dirección de Migración y Extranjería deporta a la feminista de nacionalidad nicaragüense Ana Quirós

Se preguntarán cómo es posible que una ciudadana de nacionalidad nicaragüense sea deportada de su propio país. Ana Quirós, directora de la organización no gubernamental Centro de Información y Servicios de Asesoría en Salud (Cisas), lleva desde los 15 años viviendo en Nicaragua y tiene doble nacionalidad desde hace 20 años. El pasado 26 de noviembre recibió una citación de la dirección de Migración y Extranjería en la que no se detallaba el motivo de tal comunicación. Antes de acudir a la cita, expresó en una rueda de prensa su temor de que el Gobierno anulase su nacionalidad y la deportase a su país natal, Costa Rica, por su proyección pública en las protestas contra Ortega, en cuyos primeros días fue herida por grupos de choque. “No es un papel lo que da la nacionalidad, ni es un papel lo que me la va a quitar, si ese fuera el caso. He estado comprometida siempre con Nicaragua desde la primera vez que vine, cuando tenía 15 años y aún estaban humeantes los escombros del terremoto”, dijo ante los medios. Esa tarde, IM-Defensoras denunció que Quirós había sido retenida y que se desconocía su paradero. Unas horas después, Óscar Camacho, cónsul de Costa Rica en Nicaragua, informó de la detención e inminente expulsión de Quirós y finalmente confirmó que ya se encontraba en la frontera de Peñas Blancas. Esta situación no es aislada. La Dirección General de Migración y Extranjería retiró la cédula de residencia a tres defensoras del Colectivo de Mujeres de Matagalpa, Beatrice Uber y las hermanas Ana María y Ana de Jesús Ara Soberriba, y les hicieron firmar un documento comprometiéndose a no participar en actividades políticas. Llevan más de 30 años viviendo en Nicaragua y tienen que solicitar la residencia de cero. La anulación de la nacionalidad e inmediata deportación de Quirós ha llevado a Celia Navarro, que también tiene doble nacionalidad, a pedir en el último momento ser citada en este reportaje con un nombre ficticio y sin detallar la organización a la que pertenece. “Es un acto más de la prepotencia e ilegalidad con la que actúa el Gobierno y concreta un temor latente”, explica. Siguiendo con la idea de Quirós de que la nacionalidad no la da un papel, sino la decisión de ser parte de una comunidad, Celia concluye: “Ser parte de esta lucha me ha hecho sentirme más nicaraguense que nunca antes”.