Llamémosle ‘(human)rightswashing’

La cumbre mundial de defensoras y defensores reunió en París 150 líderes; sin embargo, fue más un lavado de cara para los organismos europeos que un encuentro para las participantes.

Virginia Enebral / París

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defensores y defensoras de los derechos humanos fueron asesinados en 2017

La puesta en escena fue impecable. Cuando se cumple el 70 aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, París, precisamente la ciudad donde la Asamblea General de las Naciones Unidas selló la base que serviría para los posteriores convenios y resoluciones internacionales, acogió una cumbre mundial de defensores y defensoras. La cita se celebró además dos décadas después de que la ONU firmase un documento similar para reconocer la labor de los protagonistas de este encuentro internacional y un lustro después de que se adoptase una resolución específica para las mujeres defensoras.

Las efemérides no silencian la violencia que sufre este colectivo. Según un informe elaborado por la ONG irlandesa Front Line Defenders, 312 defensores y defensoras de los derechos humanos fueron asesinados en 2017, el doble que en 2015. En la memoria reciente escuecen los homicidios aún sin resolver de Marielle Franco en Brasil o Daphne Caruana Galizia en Malta, ambos a principios de este año. También las decenas de crímenes contra líderes indígenas de Colombia y Guatemala. O contra periodistas en México y Filipinas. La ambientalista Berta Cáceres también está presente en la memoria colectiva, ya que el juicio contra los posibles autores se dirime estos días. El momento, por tanto, no podía ser más adecuado.

Cumplir con tan elevadas expectativas era difícil, pero la conclusión de oportunidad perdida no vino de medir mal las posibilidades, sino de haber pensado más en la escenografía que en la obra, el elenco interpretativo y el público.

El Espacio Niemeyer de la capital francesa reunió durante los días 29, 30 y 31 del pasado octubre a 150 personas de todo el planeta. Líderes y lideresas que en su día a día ponen por delante la defensa del territorio, la igualdad, la identidad cultural, la libertad de expresión, la justicia social y, en definitiva, la defensa de los Derechos Humanos a su propia vida. Maria Munir, Fred Bauma, Maria Al Abdeh, Matthew Caruana Galizia, Cristina Palabay, Lolita Chávez, Anielle Franco o Gustavo Castro, entre tantos y tantas otras. Agresiones, amenazas, campañas de desprestigio, secuestros, encarcelamientos. La persecución tiene muchas caras. Tras ellas el mismo perpetrador: el Estado.

Las sensaciones no fueron buenas desde el arranque. Los discursos de Michel Forst, relator especial de las Naciones Unidas, y especialmente el de Michelle Bachellet, quien casi estrenaba su cargo como alta comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, no sentaron bien entre gran parte de las asistentes que aún recuerdan su represión contra el pueblo mapuche cuando era la presidenta de Chile.

La tarde del primer día se reservó para el trabajo en común de los defensores y defensoras. Separados por áreas geográficas, las sesiones paralelas privadas pretendieron ser el espacio para analizar causas, conectar realidades, fortalecer redes y replantear respuestas. Una organización similar, aunque dividida por temáticas, centró la segunda jornada; para en la tercera y última sesión, tratar de acordar un plan de acción para el futuro próximo. Demasiados objetivos, demasiados enemigos, demasiadas luchas y demasiadas vidas para ponerlas en común en seis míseras horas.

Fue la hondureña Miriam Miranda quien decidió abrir la caja de los truenos con una reflexión cargada de frustración y crítica. “En un país donde no hay gobernabilidad, donde cada día nos convierten en desechables, existe la necesidad de crear y revisar si vamos a seguir contando los muertos”, espetó a una sala central repleta. “Yo desde luego no quiero ser un simple número”. Miranda reconoció que en la apertura del evento se sintió “cuestionada”. “Nadie dimensiona lo que es un golpe de Estado. Ahora somos más conocidos por una caravana de personas que migran. Vemos cómo crece el fascismo, la intolerancia... Debemos poner la mirada en un contexto general y analizar qué nos vamos a encontrar dentro de 20 años y ver qué estamos haciendo bien y mal. ¿Se ha avanzado en la protección de defensoras o solo estamos perpetuando el sistema? ¿Vamos de verdad a marcar una hoja de ruta o se va a quedar en un papel que ni nosotras mismas vamos a leer?”, se preguntaba la fundadora de la organización garífuna Ofraneh.

Su compañera de Abya Yala, Lolita Chávez, no tardó en señalar responsables. “Estamos trascendiendo fronteras. Las rebeldías de los territorios, los feminismos, la economía social lucha con el patriarcado y el neoliberalismo, ambos vinculados. Y hay que nombrarlos”. Hina Jilani, cofundadora del primer despacho de abogadas formado sólo por mujeres en Pakistán y actual presidenta de la Organización Mundial contra la Tortura, lamentaba que no haya sistemas judiciales independientes que respeten la legislación internacional: “Debemos tener el reconocimiento de las instituciones y una legitimidad jurídica del trabajo que hacemos”.

La cumbre tenía al mismo tiempo otra finalidad: visibilizar las resistencias por medio de entrevistas. Numerosos medios de comunicación y periodistas freelance exprimían los minutos para conocer de primera mano las historias de defensores y defensoras. Es indiscutible la descomunal labor de las trabajadoras en su gran mayoría eran mujeres— de las ONG que organizaron e impulsaron el evento. Sin embargo, la cita dejó un aroma de invisibilidad, un sabor a sordera.

Si bien las conclusiones de la sesión sobre las mujeres fue de lo más acertado y aplaudido, el intento de acordar, en casi un respiro, un plan de acción que pretende plasmar propuestas concretas a situaciones de peligro real fue infructuoso. Ese halo de esterilidad emergió en las conversaciones que, en círculos más reducidos, tuvieron algunas de las participantes. “No somos héroes”, afirmaba Gustavo Castro, único testigo del asesinato de Berta Cáceres. “Tenemos que cuidarnos, no hacer valor del sufrimiento”, añadía. Lolita Chávez se sumaba a la reflexión: “El valor es la lucha, la resistencia de los pueblos”. “Nos individualizan en lugar de colectivizarnos. Nos ven como a individuos frente al Estado, cuando son los movimientos los que luchan”, apostillaba Miranda.

Tras bajarse el telón, quedó un encuentro lleno de buenas intenciones financiado por la Unión Europea. Y si por algo destaca el organismo plurinacional es por su hipocresía. Mientras pone dinero y medios para la protección de defensoras y defensores de derechos humanos, aprueba tratados de libre comercio, avala gobiernos y mira para otro lado cuando se trata del capital transnacional. Esta cumbre bien podría llamarse ‘(human)rightswashing’ porque no es más que un lavado de cara de las instituciones europeas. Tal y como dijo el secretario general de Amnistía Internacional, Kumi Naidoo, en la apertura del evento tras recordar el apoyo que recibe Arabia Saudí obviando que está bombardeando Yemen, “los intereses empresariales están por encima del interés común”.