Creyentes contra los dogmas

Betania, una asociación LGTB de personas cristianas, trabaja por romper con las lógicas eclesiásticas más intransigentes mientras busca su hueco en un activismo vinculado indisolublemente al laicismo
Andrea Momoitio
Ilustración: Susanna Martín

Ilustración: Susanna Martín

Cristina se casó con su mujer en el Ayuntamiento, pero el “sí, quiero” se lo dieron en la iglesia que está justo al lado, directamente ante dios, sin sacerdotes de por medio. Han sorteado con fe las trabas que las instituciones religiosas les han puesto en el camino porque han decidido quedarse con el mensaje original: amar al prójimo. Las bases de su iglesia nunca han puesto pegas a su modelo de familia porque en su entorno miran con lejanía los preceptos religiosos que no responden a sus creencias más íntimas. El cariño y la empatía son elementos clave de su día a día, que comparten con el resto de los miembros y las miembras del colectivo de cristianos LGTB del que forman parte. En ese espacio de reconocimiento mutuo hablan de cómo entienden la fe, pero también de su cotidianidad. El grupo se llama Betania. El nombre rinde homenaje al espacio en el que Jesús se retiraba con sus amigos y amigas a descansar. Es un lugar de encuentro donde alrededor de diez hombres y mujeres, todos gais y lesbianas, se reúnen para hacer frente juntos a los desafíos que les presenta la vida.

La fe no es ciega. Ninguno de los integrantes de Betania duda ni un segundo al responder a cómo se sienten ante las declaraciones homófobas, lesbófobas y transfóbas que se emiten desde las cúpulas católicas habitualmente, pero insisten en distinguir su religión de la jerarquía eclesiástica. “Cuando Rouco Varela, por ejemplo, hace esas declaraciones tan bestias se tiende a decir que la religión es homófoba, pero eso no es así”, dice Elena. Ella es abogada de Aldarte, un colectivo afincado en Bilbao, que proporciona servicios de distintos tipos a toda la comunidad LGTB. El resto de sus compañeros y compañeras asienten a su queja. “Tampoco podemos imponer que el laicismo es la solución a todos nuestros problemas”, continúa José Ángel, que forma parte de él con Sergio, su pareja. “Es cierto -continúa Elena- que muchas de las libertades que se han conseguido han estado basadas en el laicismo, pero, mirad Francia: el estado laico por antonomasia. ¿Se están respetando los derechos LGTB como nos gustaría?”. Todas niegan con la cabeza. Entre bromas y anécdotas cada uno de ellos cuenta cómo llegaron a la religión, cómo les cambió la vida y hablan de sus estrategias para enfrentarse a los prejuicios. “Muchas veces me han dicho que es imposible ser lesbiana y religiosa. Yo siempre contesto lo mismo: mírame. Imposible no es. Vivimos un cuestionamiento constante”, asegura Elena, que habla rápido sin que en sus palabras se atisbe la más mínima duda.

A ella sus creencias le fueron de gran ayuda en su proceso de aceptación como lesbiana: “Yo ya había tenido una experiencia de fe muy fuerte y sabía que Jesús es amor. No tuve sentimiento de culpabilidad, ni nunca creí que estuviera cometiendo algún pecado”. En un pasaje de Isaías se dice: “Tú eres preciosa a mis ojos” y esas palabras le sirvieron a Elena para entender que “el de arriba te quiere tal y como eres”. José Ángel salió del armario con su párroco, al que tuvo que explicar que quería compartir su vida con otro hombre. La respuesta, de aceptación, corrobora la tesis que mantienen todos sobre la ausencia de homofobia en la base de la pirámide eclesiástica. En la historia de Marta, el camino tuvo algún escollo más. Formaba parte del Opus Dei y, según ella misma asegura, vivía bajo una moral muy estricta. “Los pilares morales eran muy férreos, como el cemento armado”, cuenta. Tardó poco en dejarlo y, decidió casarse con un hombre. Algunos años después puso fin a su matrimonio para ser coherente con lo que sentía y pronto encontró una referencia LGTB cristiana, que “te deja ver y sentir, la que te permite ser libre”. Ander, que llega tarde y acelerado a la entrevista, es el más joven del grupo y el encargado de gestionar las redes sociales del colectivo. Estudia medicina y compagina su fe con las cañas con sus amistades y el activismo.

En nadie de Betania se intuye pasividad y aluden continuamente a la rebeldía de Jesús. En la interpretación que hacen de los textos religiosos no caben las culpas ni las condenas. Viven en libertad su identidad sexual, que no entra en contradicción con su fe religiosa en ningún momento. Lamentan, eso sí, estar en el centro de la diana. El activismo LGTB y feminista corea -quien escribe esta crónica lo ha hecho en infinidad de ocasiones- cánticos contra la Iglesia Católica habitualmente. “Somos gais, creemos y luchamos por nuestros derechos y nos sentimos amados por dios”, aseguran sin titubear. Él, dicen, está pendiente de otras cosas. Su activismo se divide entre las manifestaciones y los centros religiosos donde, además de su fe, profesan su forma de amar.

Han tejido redes de solidaridad y activismo con otros colectivos LGTB de personas cristianas y con otras comunidades cristianas de base. Todas juntas, varias veces al año, acuden a distintos monasterios, donde se reúnen para verse y discutir sobre sus inquietudes. Donde reponen fuerzas para luchar y trabajar por “ese mundo que un día soñó Jesús: un mundo de amor, igualdad y justicia”, cuentan.

A lo largo del año realizan distintas actividades de puertas abiertas. En torno a fechas señaladas para el colectivo, como el Día Internacional contra la homolestransfobia, que se celebra el 17 de mayo, convocan una oración pública y colectiva. Así viven la fe: en comunidad y con el objetivo de transformar su entorno para lograr el mundo que sueñan. No hacen oídos sordos a las críticas y asumen que el camino no es fácil dentro de una institución como la católica, que se rige por lógicas heteropatriarcales muy arraigadas, pero insisten en la idea de que cada cual puede experimentar la fe a su manera. “Nosotras la experimentamos como lo hizo Jesús; sin juicios, sin dogmas, con acogida, con amor, con respeto, con fraternidad”. Creen en el poder de transformación del mensaje de Jesús. Eso sí lo llevan a rajatabla. La respuesta a casi todas las cuestiones puede resumirse en el único mantra que comparten: “Amaros unos a los otros como yo os he amado”.