¿Por qué tantas mujeres hacen performance? ¿Por qué ponemos el cuerpo? Somos cuerpos-obstáculo, cuerpos molestos y perturbadores que señalaron, señalan y señalarán la raíz del heteropatriarcado.

Laura Corcuera


 

 Atardecer entre el mar y el Pirineo. Cap de Creus. Port Lligat. Llego a Cadaqués. Sa Guarda. Apartamento de la artista Fina Miralles (Sabadell, 1950). Muchos libros en la mesa. Cedés de música. El dibujo de un árbol enraizado. Un retrato de cuatro líneas que te miran desde cualquier punto del salón. Un corazón que su abuela hizo collage. Y la tarde que anuncia la llegada de tramontana. 

Miralles viene del estudio de la forma, de la morfología. Hablamos en catalán. La performance o el performance es un lenguaje, una forma de expresión que se escapa de las categorías y permite interpelar, movilizar, reconocer y evolucionar. “Percibe lo invisible visible”, me invita Miralles. “Observa la naturaleza. Todo está interrelacionado. Las formas de los animales, las plantas y los minerales son la mejor forma para su supervivencia. Es la comprensión de la vida”. 

Para la artista, se trata de convivir con la verdad de la existencia. Encontrarse a una misma. “Los hombres no se dan cuenta del cambio tan importante que hubo con la píldora antibaby y ninguno lo habla. Pero la píldora (y el derecho al aborto) hizo que las mujeres fueran dueñas de su sexualidad. Esto es importantísimo. Ahí se dio el verdadero cambio. Consistía en que las mujeres no sólo “accedieran” a su poder, sino que lo vivieran. Que vivieran su poder. Cuando dices sí es sí y cuando no es no. Esta es la libertad. Primero, conócete a ti misma. ¡Te da tal alegría! Todas las religiones y alquimistas lo repiten “conócete a ti mismo”. Es como tener un armario lleno de cosas donde no caben más. ¡Abre el armario y quémalo todo! ¡Desmonta el armario! Y si es una casa ¡que caigan las paredes, que se abran las puertas y las ventanas! ¡Basta ya!”. 

Juntas recordamos algunas de sus acciones como La dona arbre dentro de la serie Translacions (1973) y los Sabates Tampo para la película Petjades (Huellas) (Barcelona, 1976), donde creó unos zapatos tampón con su nombre y apellido para caminar por la ciudad y (re)apropiarse del espacio público (imaginad la época y decir con una acción “el mundo que piso lleva mi nombre, no el de mi marido”). También El triangle com a simbologia de poder i de mort del ciclo Per Matar-ho que haría con Jordi Benito y Ferran García Sevilla en Mataró en noviembre de 1976, un año después de la muerte de Franco. Cuarenta años después la retomaría con Denys Blacker y Marta Vergognòs en Recordant aquell temps tan gris dentro de una exposición retrospectiva en Mataró. 

El cuerpo de Miralles, ausente en sus primeros trabajos, se vuelve una pieza clave del paisaje, la pertenencia y el presente. “Yo no soy natural. Soy naturaleza”, me dice. La performance da forma a lo que no se puede decir. Es la presencia del aquí y del ahora. “Se trata de sacar lo que llevas. Ir a lo esencial. Es una práctica vivencial a través de la conciencia. Hay que vivir. Y hay que tener coraje para vivir –cuenta la artista– Los que vienen después de nosotros van a tenerlo más difícil todavía”. 

La artista reflexiona en voz alta: “La ataraxia y el desasosiego que ya describieron los griegos es el tiempo de nuestros tiempos, sobre todo en las ciudades. Todo es tan rápido... No hay manera de solidificar ninguna experiencia. Nada permanece. Por eso debemos parar. Esta sociedad es una locomotora que va hacia abajo a una velocidad extraordinaria, por una pendiente va bajando y se va a dar una santa hostia”. 

La performance no tiene que ver con lo racional. Tampoco con lo intelectual. Ni siquiera con la ideología. “Yo no pienso, luego existo”. Fina Miralles es una filósofa. “El vacío es lo que nos contiene”. Así que cuando te pones en la tesitura real de hacer una acción, sale lo que late dentro. Un acontecimiento. Un espejo. Lo latente que se guarda en la piel. En el vientre. Cerrar los ojos y abrir el corazón. “¿Blanco o negro?–me pregunta y ella misma responde “Es blanco y negro”. Silencio. 

¿Por qué tantas mujeres hacen performance? ¿Por qué ponemos el cuerpo? ¿Por qué tantas nos enterramos?¿Nos abofeteamos? ¿Nos cortamos? ¿Nos (re)integramos en la naturaleza? Somos cuerpos-obstáculo, cuerpos molestos y perturbadores que señalaron, señalan y señalarán la raíz del heteropatriarcado, del capitalismo, la represión política, las relaciones coloniales y de dominación. La construcción social del género, la construcción social del deseo, lo que aguantamos sobre las espaldas. Y el anhelo de libertad. Contemplación. Intuición. Liberación.   

 


 La desaparición de la memoria no es posible, convenimos. El recuerdo de millones de mujeres sale por el cuerpo de otras, que es mucho más que un cuerpo. Cuando lloras, sudas, escupes y te corres. El cuerpo, los cuerpos que hablan y vuelven a aparecer. “Lo interesante de la performance es que está viva”, recalca Miralles. Entonces recordamos la tesis doctoral de Maite Garbayo Cuerpos que aparecen. Performance y feminismos en el tardofranquismo. Nos emocionamos. Como dijo María Zambrano, “lo peor es crear nuevos espacios y romper barreras pero no poder ponerlas en práctica”. 

“El performance no representa nada ni hace nada. Se vive. El performance lo tienes que vivir. En este siglo XXI tenemos que enviar la teoría del arte a la mierda y hacer una cosa viva”, repite Miralles. 

Aunque silenciadas, no nos faltan referentes para ello. En especial dentro de las confluencias entre el movimiento feminista y el mundo artístico que se dieron en Catalunya durante los años 70. Las prácticas de Eugenia Balcells, de Angels Ribé, Eulàlia Grau o de Olga L. Pijoan (ya fallecida) son un ejemplo. No en vano, Esther Ferrer defiende desde hace años la performance como “el arte más democrático”. 

Unas pizzas y tequila mexicano para recordar el horror de la posguerra española. Grabamos esta charla con el móvil. Live art, technology art, videoart... Cacatúa art. Llámalo como quieras, pero tacha “art”. Risas. Música. Fina Miralles es una cantarina. “Nosotros (en los 70) hablábamos de práctica conceptual. La palabra arte la puso el mercado. A la mierda el arte. Hay que hacer una cosa vivencial. Por eso hay tantas mujeres que han hecho y hacen performance”, insiste. Encendidas nos vamos a dormir y a soñar con la Mar, cel i terra (1973).